Archivo Marco Antonio Cruz


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Marco Antonio Cruz


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Marco Antonio Cruz

Puebla, México, 1957-2021

Fotoperiodista y fotógrafo documental. Fundador y director de la agencia Imagenlatina, fundador del diario La Jornada, coordinador de fotografía del semanario Proceso y editor de la agencia Procesofoto.

Marco Antonio nace en la ciudad de Puebla en 1957. Estudia en la Escuela Popular de Arte de la Universidad Autónoma de Puebla, llega a la Ciudad de México en 1977 y un año después conoce a Héctor García con quien trabaja en la agencia Fotopress y en la revista Interviú como laboratorista. Se inicia como fotoperiodista en los semanarios de izquierda Oposición y Así es, se consolida en Imagenlatina y La Jornada como uno de los grandes fotógrafos del nuevo fotoperiodismo mexicano.

A lo largo de 44 años, documentó los conflictos políticos de su tiempo, las grandes tragedias que sacudieron a México, los movimientos sociales que han marcado al país y la vida cotidiana de una época que ha trascendido por generaciones. En su agencia Imagenlatina realizó ensayos de gran calidad, comprometido socialmente con la denuncia, la lucha y la resistencia de un México dolido, con mirada profunda, una sensibilidad estética para el encuadre y el respeto hacia las personas.

Obtuvo reconocimientos y premios nacionales e internacionales, exposiciones en América, Europa y Asia, su obra forma parte de colecciones en Museos y Galerías de México y el extranjero.

Considerado como uno de los fotógrafos más completos del país: impresor de laboratorio especializado en plata/gelatina, editor de libros fotográficos, jurado de diversos concursos nacionales, investigador, docente, conferencista, editor de publicaciones, diseñador y creador de sus dos sitios web.

El legado fotográfico que nos ha dejado Marco Antonio Cruz es enorme, sus imágenes son memoria de lo que ha pasado y pasa cotidianamente, muchas de ellas son un referente por su contundencia y estilo propio, volviéndose icónicas y emblemáticas dentro de la historia fotográfica de México

Para Marco, la fotografía debe ser accesible para todos, no hay que dejarla guardada en el archivo, porque “el olvido está lleno de memoria” (Benedetti).

Texto de Carlos Payán

Marco Antonio Cruz
Fotógrafo

Por Carlos Payán

A pasos lentos, un poco cansinos, los párpados a media asta, la cámara al hombro, desde hace más de treinta años recorre las calles de la ciudad. Inicia, desde entonces, un retrato minucioso de la gran urbe. No hay rincón, acontecimiento, fiesta, personaje, entierro, barrio que no haya retratado. Su acervo es descomunal.

Su tamaño me hace recordar esa historia que nos cuenta Borges del emperador chino que mandó hacer un mapa de la ciudad y lo hizo del tamaño de la propia ciudad.

Me da la impresión que si juntáramos todas sus fotografías, como piezas de un rompecabezas, al terminarlo, este tendría el tamaño de la ciudad fotografiada llama códice con el que trata de irnos descifrando los vericuetos. Tal es el gran fresco llevado a cabo por Marco Antonio Cruz.

Hay en la mirada de Marco Antonio Cruz una cierta dosis de tristeza o de melancolía que se refleja en los temas que registra con su cámara. O, acaso, tal vez sea la realidad retratada la que se refleja en su mirada.

Encuentra uno en sus fotografías, además de su gran calidad, belleza, amor, desesperación, furia. No pocas veces poesía, tristeza.

Retrata un México que quiere y que le hace sufrir la injusticia, la pobreza, lo que queda todavía y el recuerdo registrado, fotografiado de lo que no perduró.

Sé que no pocas de las fotos de las que ahora veremos duelen. Producen un dolor profundo, por ejemplo las de la pulquería “La hija de los Apaches”. La pulquería habitada por seres angelicales, en estado de gracia, o quizá por ángeles caídos cuyas miradas miran hacia ninguna parte. El boxeador que fracasó y que habitado por el pulque hace sombra disparando puñetazos aquí y allá. O ese todavía joven bailarín que hace pasos como los de Fred Astaire en el resbaladizo piso de la pulquería, o el que ya cerro los ojos vencidos por el trago, venido por el sueño, por el hambre y se derrumba sobre una mesa. También, en otro ejemplo, la loca alegría de la conmemoración de la batalla de los zacapoaxtlas contra el invasor, de la que resultan heridos, combatientes o curiosos, chamuscados por la pólvora de los mosquetes, batalla en la que a veces ganan, en la realidad real de la fiesta, los zacapoaxtlas y otras los franceses, según el grado de alcohol ingerido por los ejércitos rivales y el olvido de que se trata de un juego, de una representación que debía, hasta el infinito tener siempre un mismo final.

Conservo en la memoria una imagen capturada por Marco Antonio Cruz y otra, también imborrable, sobre el relato en torno a esa fotografía. Esta es una historia que ya he contado alguna vez. Vuelvo sobre ella, pues creo que explica de alguna manera el temperamento y la sensibilidad de este fotógrafo excepcional. La mañana del 19 de septiembre de 1985 un temblor de 8.1 grados devastó grandes áreas de la ciudad de México. La noche anterior, La Jornada, en sus oficinas de Balderas, celebró con unas copas el primer año de su publicación. Luego, reporteros, fotógrafos y empleados se dispersaron en la noche, algunos a casa, otros a seguirla en los bares que estuvieran abiertos a esas horas. No resulta extraño que a las siete de la mañana, cuando se inició el temblor, muchos de los reporteros anduvieran aún en la calle.

No sé, no le he preguntado nunca a Marco Antonio Cruz, en dónde estaba, cómo se enteró de la tragedia de los edificios habitacionales de Tlatelolco que se habían derrumbado. Si sé, de su propia boca, que llegó tomando fotos a diestra y siniestra. Luego llegó a un sitio donde pudo observar el edificio Nuevo león derrumbado un piso sobre el oro, en realidad ya un montón de piedras encima de la cuales una multitud de personas, un hormiguero de seres humanos, trataban de quitar los escombros para rescatar aquéllos que se hallaban sepultos bajo ellos. Marco Antonio cruz levantó su cámara y la apuntó sobre la escena. Apretó el obturador, luego se dejó caer de rodillas, pegó con la cámara al suelo y se puso a llorar. Sabía que había tomado una gran foto y que ésta, la foto, era el retrato de la desgracia.

Museo de la Cuidad México, 20 abril 2005

Contra la pared / Alfonso Morales

CONTRA LA PARED


A lo largo de tres años, entre julio de 1990 y julio de 1993, Marco Antonio Cruz produjo la mayor parte de las imágenes sobre asuntos policiacos que incluyó en su primer libro: Contra la pared (1993). Gracias al respaldo de quién entonces era Procurador de Justicia del Distrito Federal, Cruz pudo ser testigo de operativos policiacos en barrios populares y zonas marginadas, presenciar detenciones y presentaciones de personas acusadas de ser narcomenudistas, ladrones o violadores, y asomarse a los separos en que se recluía a los indiciados y a las planchas donde se hacían las autopsias de los cadáveres.

A los registros que realizó en el curso de los rondines, razzias y apañones policiacos, Cruz les dio continuidad con las tomas que documentaron el procesamiento judicial y mediático de los detenidos. La teatralidad como recurso de la nota roja quedó en evidencia en las secuencias en las que se ve a los reales o supuestos criminales cumpliendo con la obligación de posar ante las cámaras de los reporteros gráficos.

Con su exploración de las actividades relacionadas con la persecución del crimen y la procuración de justicia, siempre bajo sospecha en un país en el que la posición económica o las relaciones políticas determinan la aplicación de leyes, Cruz refrendó su aprecio por la obra de Nacho López, quien le había antecedido en la crónica de esa vertiente sombría de la convivencia urbana con los reportajes “Prisión de sueños” (revista Mañana, noviembre de 1950) y “Sólo los humildes van al infierno” (revista Siempre!, junio de 1954).

Alfonso Morales

Doña Rosario / Alfonso Morales

DOÑA ROSARIO


El secuestro, la detención ilegal, la tortura, la desaparición y el asesinato de cientos de personas que eran integrantes de grupos de oposición y movimientos insurreccionales, configuraron en la década de 1970, durante los gobiernos de Luis Echeverría Álvarez y José López Portillo, el lamentable episodio que se describió como “guerra sucia”, cuyo saldo de impunidad prevalece hasta nuestros días.

En este contexto, el 17 de abril de 1977 fue fundado el Comité Pro-Defensa de Presos, Perseguidos, Desaparecidos y Exiliados Políticos de México, mejor conocido como el Comité !Eureka!, y dos años después, el 12 de diciembre de 1979, el Frente Nacional contra la Represión. La líder más destacada de estas organizaciones fue Rosario Ibarra de Piedra, cuyo hijo Jesús fue secuestrado por la Dirección Federal de Seguridad en la ciudad de Monterrey, el 25 de noviembre de 1973, acusado de pertenecer al grupo guerrillero Liga Comunista 23 de Septiembre.

Como reportero del semanario Oposición, Marco Antonio Cruz informó sobre las primeras protestas públicas de quienes demandaban la presentación con vida de quienes habían sido desaparecidos por razones políticas, como el plantón que realizaron en la Catedral Metropolitana el 29 de agosto de 1979. Uno de los retratos que entonces hizo Cruz de la señora Ibarra de Piedra -quien había decidido portar sobre su pecho, a manera de medallón, una fotografía del rostro de su hijo Jesús-, circularía posteriormente en otros soportes y serviría como propaganda política del movimiento en torno a los desaparecidos, el cual adquirió cada vez más fuerza, a medida que se revelaban los alcances de la represión policiaca y militar en el país.

En los años 80's, periodo en que el activismo de doña Rosario pasó de las calles y las plazas públicas a las cámaras legislativas y a la competencia por la presidencia de la república, Cruz se mantuvo como cronistas solidario de un movimiento a cuyos reclamos debieron agregarse, en las siguientes décadas, los retratos fotográficos de otras víctimas de la violencia ejercida por los guardianes del orden y las organizaciones criminales. Doña Rosario falleció en abril de 2022, a los 95 años de edad. Ante las muestras de ineficiencia, negligencia o corrupción de las autoridades responsables de la seguridad pública y la procuración de justicia, muchas mujeres siguieron los pasos de esa emblemática luchadora social para indagar, por su cuenta y riesgo, el paradero de sus familiares desaparecidos.

Alfonso Morales

Habitar la oscuridad / Alfonso Morales

HABITAR LA OSCURIDAD


Con el objetivo de documentar las condiciones de vida de los invidentes y débiles visuales en México, Marco Antonio Cruz emprendió una tarea de largo aliento que requirió de tiempo, dedicación y paciencia. Por cerca de dos décadas, de 1988 a 2005, en recorridos que abarcaron la ciudad de México y localidades de 14 estados de la república, formó el archivo “Ensayo sobre ciegos”, compuesto por alrededor de 12 000 imágenes en blanco y negro. Una selección de ellas dio contenido al foto libro más importante que en vida consiguió editar: Habitar la oscuridad (2011).

Del seguimiento a los invidentes que el orden social había relegado a los roles de vendedores ambulantes, músicos callejeros y solicitantes de la caridad pública, Cruz se desplazó a los entornos comunitarios y personales en que la ceguera se asumía y se experimentaba como diferencia pero de ningún modo como estigma o condena.

Al tiempo que con sus retratos Cruz reconocía los distintos semblantes y fisonomías de una población dispersa, frecuentemente arrinconada y menospreciada, recogía testimonios sobre los esfuerzos que para los ciegos y débiles visuales implicaba llevar una vida común y corriente, transitar por la calle, desempeñar un oficio, tomar lecciones escolares, recibir terapias o disfrutar de los momentos de esparcimiento.

No hubo lugar para la conmiseración y el tremendismo, ni para los clichés cinematográficos y literarios proclives al melodrama y a la tragedia, en estos documentos que hicieron evidente que la ceguera no era un limbo ha anegado de sombras sino una oscuridad plenamente habitada, vinculada al mundo por vías a veces más sutiles y menos engañosas que el sentido de la vista.

En los múltiples acercamientos al vivir y al andar a tientas de los ciegos que Cruz realizó en la Ciudad de México y en diversos lugares de la república mexicana, una herramienta al servicio de los videntes y frecuente tributaria de la iconolatría hegemónica -la fotografía-, puso de relieve la importancia de los modos no visuales de la percepción humana.

Alfonso Morales

La calle / Alfonso Morales

LA CALLE


Al igual que Héctor García y Nacho López, notables retratistas de la vida peatonal a quienes se propuso seguirle los pasos, Marco Antonio Cruz reconoció y rindió tributo a la inagotable inventiva de las calles de la Ciudad de México, espacios en los que podían confluir lo previsible y lo insospechado, lo rutinario y lo sorprendente, lo estable y lo movedizo.

Como todos los buenos cronistas iconográficos o literarios con quienes compartió el afán de ofrecer imágenes sintéticas de una urbe en perpetuo movimiento, Cruz prestó atención a los pequeños sucesos y a las configuraciones que eran obra del azar. Desde distintos miradores y perspectivas, a diversas distancias, bajo la luz del sol o del alumbrado artificial, siempre atento a la plasticidad de los contrastes y las formas, hizo el registro de una cotidianidad citadina en la que cabían las rarezas y las improvisaciones.

Con la Ciudad de México como en torno a descifrar, compañía rumorosa y telón de fondo, Marco Antonio Cruz realizó imágenes que dieron testimonio de lo fugaz y, asimismo, confirmaron que el universo de lo urbano, por infinito, resultaba inaprensible. El detalle de lo que retuvo como impresión visible, delata la existencia de lo que, al mismo tiempo, poco antes o poco después, próximo o lejano en el espacio, escapó para siempre al escrutinio de cualquier mirada. De una ciudad como la capital mexicana, a fin de cuentas, no nos resulta posible sino obtener atisbos, vislumbres e instantáneas que se reinventarán como recuerdos.

Alfonso Morales

La hija de los apaches / Alfonso Morales

LA HIJA DE LOS APACHES


Nacho López estuvo presente, como modelo e inspiración, en el reportaje con el que Marco Antonio Cruz se propuso documentar el ambiente de la pulquería La Hija de los Apaches. Ubicado en la Avenida Cuauhtémoc, a unos pasos de donde se había establecido la agencia Imagenlatina en su segunda época, ese negocio surtía las delicias embriagadoras de neutle a una clientela de modestos recursos, compuesta por artesanos, trabajadores de la construcción, vendedores ambulantes, burócratas y exboxeadores. El encargado del lugar era Epifanio Leyva Ortega, mejor conocido como El Pifas, quien contaba con una larga experiencia en ese giro comercial y en sus años mozos había sido pugilista. Por esta razón, La Hija de los Apaches además de brindar los servicios de un local destinado al convivió y a la disipación -amplio surtido de curados, sinfonola, salsas de cortesía, trato alburero, tolerancia para los desfiguros-, albergaba un pequeño museo del boxeo mexicano, animado de tanto en tanto con la visita de glorias de antaño como Rubén El Púas Olivares o Ultiminio Sugar Ramos.

Cruz realizó su crónica de La hija de los Apaches en los meses de abril, mayo y octubre de 1987. Con el permiso de El Pifas y la anuencia de su clientela, retrató el movimiento cotidiano de la pulquería, prestando atención a la diversidad de encuentros e intercambios que se daban en un sitio sin lujos y de no muy grandes dimensiones. Prevenido contra los riesgos del costumbrismo derogatorio o condescendiente, trató que su acercamiento reconociera la individualidad de las personas y no abonara a la homologación de las tipologías.

Alfonso Morales

La pasión de Iztapalapa / Alfonso Morales

LA PASIÓN DE IZTAPALAPA


En la Semana Santa de 1986, los residentes de los barrios históricos de Iztapalapa volvieron a ser los principales protagonistas y espectadores de la representación teatral que conmemoraba el martirio, la crucifixión y la resurrección de Jesús de Nazaret, reconocido como el Hijo de Dios y el Salvador del Mundo por los creyentes católicos.

Esa fue la primera ocasión en que Marco Antonio Cruz, en cumplimiento de una orden de trabajo del diario La Jornada, retrató la Pasión de Iztapalapa, festejo religioso que tenía tras de sí 143 años de historia. Las imágenes que Cruz realizó el Viernes Santo de 1986 mostraron los distintos componentes y sincretismos de una celebración multitudinaria, en la que los iztapalapenses encarnaban, a su libre entender y en un escenario que delataba el desordenado crecimiento de la Ciudad de México, relatos y personajes bíblicos. Los pies colgantes de Tomás Alvarado Cedillo, a quien tocó representar a Judas, fueron el motivo central de una de las imágenes más sobresalientes en la obra de Cruz.

Luego de ese primer acercamiento, Marco Antonio Cruz volvió en varias ocasiones a las calles donde se escenificaba el viacrucis iztapalapense y al Cerro de la Estrella, sitio elegido para crucificar a quienes personificaban al Mesías y a los ladrones Dimas y Gestas. Los registros que realizó en las Semanas Santas de 1989, 1990, 2005 y 2006, documentaron tanto los cambios en la teatralidad del festejo como la evolución de su lenguaje fotográfico.

Alfonso Morales

Oposiciones y disidencias / Alfonso Morales

OPOSICIONES Y DISIDENCIAS


En 1978, durante la administración del presidente José López Portillo, el régimen dominante enfrentó la necesidad de abrir el juego político, monopolizado por el Partido Revolucionario Institucional y los gobernantes surgidos de sus filas, mediante una reforma que dio mayor espacio de maniobra a las organizaciones opositores. Los partidos de izquierda -entre ellos el Partido Comunista, que al fusionarse con otros grupos afines dio lugar, en diciembre de 1981, al Partido Socialista Unificado de México- aprovecharon esa apertura y buscaron dar mayor dinamismo a sus actividades organizativas y electorales. Impresos periodísticos como Oposición, editado por el Partido Comunista, y Así es, producido por el Partido Socialista Unificado de México, acompañaron ese proceso. Marco Antonio Cruz, quien formalizó su militancia comunista en 1981, se sumó a las tareas editoriales y propagandísticas de esas publicaciones.

En el último tercio del siglo XX, en un contexto en el que la economía nacional sufrió los nocivos efectos de reiteradas crisis económicas y fallidas políticas gubernamentales, las protestas callejeras dieron visibilidad a exigencias de toda índole -democracia política, autonomía sindical, libertad sexual, justicia social-, que fueron respaldadas por una ciudadanía cada vez mejor informada y más participativa. Marco Antonio Cruz, ya fuera como fotógrafo militante de partidos de izquierda o como reportero gráfico del diario La Jornada y la agencia Imagenlatina, dio seguimiento puntual a las movilizaciones que llevaron a las calles de la Ciudad de México y el Zócalo, su plaza principal, las voces, demandas y planteamientos de quienes no se sometían a los dictados del orden establecido.

Alfonso Morales

Papel periódico / Alfonso Morales

PAPEL PERIÓDICO


En 1979, luego de su paso por la agencia Fotopress de Héctor García, Marco Antonio Cruz entró a trabajar al laboratorio fotográfico de la versión mexicana de la revista Interviú. Reconvertido en Interviú en lucha, a causa de un conflicto laboral, esta publicación de corta existencia le abrió espacio a sus primeras colaboraciones como caricaturista y fotógrafo. A principios de los años 1980, la revista Sucesos para todos dio a conocer algunos de sus reportajes.

De manera paralela, entre 1979 y 1983, Cruz fue colaborador de los semanarios Oposición y Así es, el primero de ellos órgano informativo del Partido Comunista y el segundo de la organización que fue su sucesora, el Partido Socialista Unificado de México. En 1984 fue parte del grupo de fotógrafos que impulsaron la creación de la agencia Imagenlatina y luego optaron por integrarse a la planta laboral que dio vida al periódico La Jornada.

El 19 de septiembre de 1984 círculo el primer número de La Jornada, impreso que se proponía ser vocero de las causas populares y progresistas. Su fundación fue promovida por periodistas que antes habían formado parte del diario uno más uno. A esa iniciativa se sumaron intelectuales, artistas y ciudadanos, vinculados en su mayoría a la disidencia política y cultural.

Con el trabajo conjunto de reporteros y editores que reconocían el valor de las imágenes fotográficas no solamente como ilustraciones o complementos, La Jornada dio nuevo aliento al fotoperiodismo mexicano. A través de sus cotidianas coberturas los fotógrafos de La Jornada aportaron un punto de vista crítico sobre la clase política, brindaron amplio testimonio de los movimientos sociales, mostraron las indignaciones de la realidad nacional y rindieron homenaje al azaroso fluir de la vida cotidiana.

Cruz fue reportero de La Jornada de septiembre de 1984 a abril de 1986. Su trayectoria como fotoperiodista siguió desarrollándose hasta el fin de sus días, primero como integrante de la agencia Imagenlatina, que encabezó en su segunda etapa -de 1986 a 2003- y luego como editor fotográfico de la revista Proceso -de 2006 al 2021-.

Alfonso Morales

Tránsitos / Alfonso Morales

TRÁNSITOS


Provisto de una cámara que le había regalado su madre -una Pentax que utilizaba rollos de película de formato 35 mm-, Marco Antonio Cruz inició sus correrías fotográficas en la Ciudad de México a fines de la década de 1970. Por esos años se convirtió asimismo en asistente y aprendiz de la agencia Fotopress, que encabezaban en el célebre fotógrafo Héctor García y su esposa, María. Esos primeros registros están dominados por las escenas nocturnas, la presencia aislada o difusa de transeúntes y las búsquedas formales. La atención que entonces prestaba a las apariciones fugaces y a los acomodos efímeros siguió manifestándose en las etapas posteriores de su trayectoria fotográfica.

En los recorridos citadinos que realizó en las primeras décadas del siglo XXI, haciendo uso de cámaras estenopeica y Holga, cuyas imágenes procesaba con la ayuda de técnicas analógicas, Cruz volvió a ocuparse de la condición fantasmagórica del trajín callejero: la realidad visible como palimpsesto o juego de apariencias en los que figuras, volúmenes, tiempos y movimientos se superponen, confunden, desvanecen y recrean.

Alfonso Morales

Sismos 1985 / Alfonso Morales

SISMOS DE 1985


El 19 de septiembre de 1985, a las 7:19 de la mañana, la Ciudad de México fue sacudida por un sismo que llegó a los 8.1 grados en la escala de Richter y tuvo una duración de minuto y medio. En la noche del día siguiente una réplica volvió a estremecer el suelo de una urbe que ya era presa del caos y del espanto. A causa de esos temblores miles de personas fallecieron y centenares de construcciones se derrumbaron o debieron ser desalojadas. Ningún habitante de la capital mexicana escapó a la conmoción producida por esos movimientos telúricos y sus saldos trágicos, que tuvieron secuelas duraderas en el paisaje urbano, la convivencia social y el orden político.

Marco Antonio Cruz, entonces reportero gráfico del diario La Jornada, se contó entre los cronistas de las desgracias citadinas causadas por los sismos de 1985. La cobertura que realizó fue amplia y empática con los sobrevivientes que lamentaban toda clase de pérdidas. Entre ese cúmulo de imágenes que mostraban la vulnerabilidad de la Ciudad de México en tanto zona sísmica, se destacan las vistas panorámicas que tomó del edificio Nuevo León de la Unidad Habitacional Nonoalco Tlatelolco, pocos minutos después de que se había colapsado. Esas tomas muestran la fuerza destructiva de un fenómeno geológico, la solidaridad ciudadana que se manifestó en el salvamento de sus víctimas y asimismo el empeño de Cruz por conseguir la imagen reveladora de una situación apremiante.

Alfonso Morales

Concierto en Bellas Artes / Video

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